Gracias!

miércoles, 13 de octubre de 2010

Yo creo que la base de la felicidad está en el tiempo, en la espera, en las fuerzas de las que uno disponga para seguir a pesar de los duros obstáculos. Si algo aprendí últimamente es que nadie puede hacerte olvidar lo inolvidable, como es un amor no correspondido o una perdida muy querida. Nadie puede borrar lo que no sale de tu mente si antes no lo borra de tu corazón. Y supongo que cuando uno ama, el sentimiento se mete por cada espacio vacío, por cada agujero sin cerrar, por cada herida que no sanó, y lo llena. El amor repone, cura,  sana. Y a veces hasta desilusiona.
¿Quién no lloró por amor? Es inevitable y, de hecho, creo que hasta es bueno “sufrir”, todo ayuda, todo es por algo, “el destino así lo quiere, el destino quiere vernos separados porque cree que es mejor para los dos, porque vos vas a encontrar a tu chica perfecta y yo, yo… ¿Yo qué carajo hago sin vos? ¿Creés que hay algo más perfecto que tener tu carita de paisaje en el aula? ¿Vos creés que voy a poder amar a alguien TANTO como te amo a vos?”
Entonces ¿qué hacer?
En algún momento de mi vida paré a preguntarme qué era lo mejor para mí, lo correcto, lo seguro. Por un momento pensé en Rocío y la verdad, no estaba nada bien parada esa “pendeja”. Entonces me armé la linda retórica de las noches de domingo depresivo y me dije a mí misma “¿Espero?, ¿Lucho?, o ¿Me rindo?” La respuesta fue: “no sé, se matan todos, me voy a dormir” Y al otro día, aquel lunes donde todo aparentaba ser frío y distante ante mis ojos, volvió el sufrimiento, la lágrima pegada al ojo y a punto de salir, el grito encarcelado que se ahogaba en el llanto que se escondía tras mi sonrisa “feliz”. Claro, no, no estaba contenta. Pero tampoco cambiaba algo, tampoco reía ni le veía sentido al humor y menos al amor.
Y los días pasaban, pasaban y pasaban. Y sin darme cuenta  de a poco iba sanando el dolor, la bronca, inconscientemente descubría cómo eran las cosas, ya no afectaba la idea de aceptar el destino con coraje, con la frente en alto y un gran sentido de lo que soy, con convicción. Ya no quería bajar la vista o ver hacia atrás, ya no valía la pena.
Entonces entendí que el tiempo hace lo suyo, siempre. Supongo que hay que esperar, las heridas sanan poco a poco.